EL INFIERNO EN EL CONGO
La rebelión que
empezó en 1996, liderada por Laurent Kabila, padre del actual presidente del
país, Joseph Kabila, consiguió derrocar al mariscal Mobutu, en el poder desde 1965.
Una guerra para intentar traer la democracia al país, donde esta esperanza de
cambio se truncó rápidamente y se convirtió en una mera sustitución de élites.
Esta rebelión, tachada de guerra civil a pesar de la participación de los
Ejércitos de Ruanda y Uganda con el apoyo de EEUU y Reino Unido, pretendía
además desmantelar los campos de refugiados del genocidio ruandés de 1994,
desde donde se estaban reorganizando miembros del antiguo gobierno y ejército
ruandeses para recuperar el poder perdido. El sentimiento de culpa por no haber
evitado el genocidio pesaba en las cancillerías occidentales y dio alas a
Kagame, el nuevo presidente ruandés y antiguo rebelde amigo de Uganda y de
EEUU. Esta rebelión de Kabila fue el punto de partida de la llamada Guerra
Mundial Africana, en la que participaron nueve países (Uganda, Burundi y Ruanda
de un lado; y Angola, Chad, Namibia, Zimbabue y Libia del lado de la RD Congo)
y cuyas víctimas mortales se estiman en millones: violencia sexual como arma de
guerra, actos de genocidio e impunidad generalizada, una profunda crisis
humanitaria y millones de personas desplazadas y refugiadas –que por cierto,
fueron acogidos por sus vecinos sin trabas ni cuotas.
En este complejo contexto, olvidado a menudo por los
medios de comunicación, la maldición de los recursos, es decir, la
expoliación de los abundantes recursos naturales, entre ellos el coltán, ha
contribuido a la perpetuación de la guerra en la RDC, que sitúa sus raíces
en las tinieblas de Joseph Conrad, cuando empezó el saqueo belga de esta
parte del continente africano en el siglo XIX. En este negocio han participado
las Fuerzas Armadas congoleñas, grupos armados locales y extranjeros, empresas
locales, varios países vecinos y multinacionales occidentales y asiáticas,
según señaló Naciones Unidas. Es la misma Naciones Unidas la que en ese momento
afirmaba que la explotación era sistemática y sistémica y que los
cárteles tenían ramificaciones por todo el mundo. Remarcaba que numerosas
empresas habían participado en la guerra y la habían fomentado directamente,
intercambiando armas por recursos naturales, y otras habían facilitado el
acceso a los recursos financieros para comprar armas, y añadía que los donantes
bilaterales y multilaterales habían adoptado actitudes muy diversas
frente a los gobiernos implicados. Pocas cosas han cambiado desde 2001. Nadie
está en prisión por estos hechos, 15 años después, y las recientes leyes o las
diversas propuestas de iniciativas en EEUU y en la UE sobre diligencia debida,
cadenas de suministro seguras y certificación de los minerales, etc., no
atacan las causas de fondo y pueden ser dribladas por las grandes empresas del
sector.
No hay comentarios:
Publicar un comentario